lunes, 30 de marzo de 2009

Entomológicas IX

"Hoy tengo el exquisito placer de presentar a mi público la pulga originaria", escribió Gustav Mattsson --químico de profesión y divulgador científico sueco-- en el otoño de 1912.

El profesor R. Klebs, autor de una historia de la industria del ámbar en Prusia y de algunas páginas inolvidables sobre los hipotéticos y prehistóricos bosques de ámbar de la península de Samland, fue tocado por la suerte en el año 1900, pero murió sin enterarse. Cuatro años antes de dirigir la muestra colectiva "La industria del ámbar en Prusia", en la Feria Mundial de St. Louis de 1904, compró en Polongen, un pueblo costero cercano a Köninsberg, una cantidad importante de trozos de esta resina fosilizada.

El doctor A. Dampf, un entomólogo que no se interesaba por la mineralogía sino por la Aphamiptera --la pulga corriente y moliente-- se encontró, a la muerte Klebs y para su regocijada sorpresa, con una donación que le cedía todos los trozos de ámbar atesorados por el profesor para que los usara en sus investigaciones.

El ámbar, que había compartido sepulcro con Tutankamón y había adornado el templo de Apolo, esa sustancia cuyo comercio había hecho poderosos a los vikingos de Svea, que vivían en el archipiélago llamado hoy de Estocolmo, esa resina misteriosa que tan bien entendió Plinio el Viejo en su Naturalis Historia, seguía teniendo prestigio en 1900, pero entre los fumadores. Las boquillas de ámbar hacían furor en los salones elegantes y en los cafés literarios. Ya se sabía que este fluido no newtoniano podía contener en su interior las huellas de una vida extinguida hacía cientos, millones de años y las imperfecciones se pagaban a precio de oro. Como el ámbar puede volver a su estado líquido y luego solidificarse por manipulaciones con calor, trementina, aceite de lino y otros procedimientos, no faltaron los comerciantes de boquillas que introdujeron falsos fósiles en ámbar falsificado.

Pero lo que el doctor Dampf tenía entre las manos era ámbar en estado puro y no tardó en reconocer, en uno de los puntos negros que adornaba uno de los trozos cedidos por el profesor Klebs, una variedad de su querida Aphaniptera. Publicó su descubriemiento en el número 51 de la revista "Schriften den Physikalisch-Ökonomischen Geselshaft in Köninsberg" y llamó a esta pulga Paleopsylla klebsiana, en honor a su benefactor.

El entomólogo nos había dado la pulga originaria, porque si bien ya existía en los anales otra pulga prehistórica --la Paleopsylla wagneriana-- a la suya el doctor Dampf se atrevió a datarla en 500 mil años y, con esa datación, la wagneriana se convertía, así de un golpe, en una tataranieta tardía. Sin embargo, la observación más intersante fue que entre la pulga originaria, su tataranieta wagneriana y la pulga prusiana común, que provocaba escozores entre sus contemporáneos, no había diferencias pertinentes.

Otra muestra de la persistencia de la Aphaniptera a tavés de las eras.

Si se parecían tanto, razonó Dampf, también tendrían hábitos similares. A saber: vivirían en el pelaje de los mamíferos y se alimentarían de su sangre. Y si era así, ¿en qué mamífero podía vivir como para quedar atrapada en la resina de los troncos altos de los bosques de ámbar descritos por el profesor Klebs con amoroso detalle? Había que encontrar a la ardilla fósil que le sirvió de huésped a klebsiana, pero mientras no apareciera, la Paleopsciurus dampfiana --una ardilla voladora de su completa paternidad-- bastaba.

Un hecho adverso derribó la hipótesis: la pulga originaria no sólo se demostró ciega, sino que carece del menor atisbo de ojos. Este dato sí resultaba pertinente. Si las leyes de la evolución nos dan aquello que necesitamos en cada una de las etapas, la ausencia de aparato visual sólo podía indicar que klebsiana vivía en cuevas oscuras y profundas, lugar que no suelen frecuentar las ardillas voladoras.

Dampf nunca logró explicarse de qué manera klebsiana había terminado sus días atrapada en la resina de los pinos bálticos. Tampoco fue correcta su datación, porque klebsiana tenía, en realidad, 5 millones de años y, aunque murió en el Oligoceno, era una de las consecuencias de la infinita diversificación de insectos del tardío Cretáceo, cuando se produjo una extinción masiva de otras formas de vida. Klebsiana, además, aunque conservó su corona, fue expulsada del trono por otra pulga, la de la foto, encontrada en ámbar en la República Dominicana, cuyo deceso se ha datado en 25 millones de años.

Es más, hoy se sabe que Aphaniptera tiene, como nosotros, su eslabón perdido. Se trata de una Aphis prehistórica que se alimentaba de chuparle la sangre a las musarañas. Aunque es imposible probar que entre una chinche moderna y una pulga doméstica exista ninguna relación de parentesco, justamente para las pruebas imposibles existen los eslabones perdidos.

Si el doctor Dampf nunca resolvió el enigma de por qué Paleopsylla klebsiana había aparecido en ámbar, ¿cómo pretende uno saber cómo y cuándo han aparecido pulgas en su casa? Determinarlo es una aventura especulativa para la que se precisa cierta calma intelectual. Doña Juana María Ortiz Sánchez, sin embargo, afirma en la disertación para su ingreso como miembro de número en la Real Academia de Ciencias Veterinarias de Andalucía que "el parasitismo es compatible con un estado de salud que cumpla los términos de OMS, como el completo bienestar físico, mental y social o, según define el DRAE, como el estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones". Y afirma que el fenómeno tiene 3.400 millones de años.

Se puede convenir con ella que, como la relación entre el huésped y el bicho es forzada, resulta un incómodo compañero de viaje.

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