lunes, 24 de noviembre de 2008

Por qué

El brazo pagano de Queequeg estaba tatuado como un interminable laberinto cretense en el cual no había dos partes que tuvieran el mismo matiz, nos informa Melville. Cuando se levantaba por la mañana, empezaba a vestirse por la cabeza, calándose hasta las orejas un enorme sombrero de piel de castor y, para ponerse las botas, se metía debajo de la cama. Costumbres ambas que señalan una voluntad probable de escapar a la mirada de Dios.

Envuelto por fin en su capote de lana encerada y con el arpón por arrimo, bajaba las escaleras de la posada "El chorro de la ballena" y se disponía a desayunar.¡Y he aquí hasta qué punto se ha mentado en vano su nombre! Porque Queequeg se abstenía del café más que de un baño caliente y no tocaba los panes dorados y tiernos. Toda su atención se concentraba en la carne, siempre que se la sirvieran cruda.

Queequeg tenía una tendencia a dramatizar, aunque tampoco le hacía ascos a la carcajada, que juzgaba cosa excelente. Aunque hijo de reyes, sus posesiones se reducían al arpón con el que se ganaba la vida, a un ídolo más negro que el alma de Ahab, y a un ataúd. Dentro de esa caja durmió cuando la melancolía lo convenció de que le esperaba una muerte temprana y en esa caja guardaba su ropa en días más risueños.

Y aunque fue previsor, la muerte lo sorprendió fuera de su preciado ataúd, al que el destino le reservaba la misión más noble de salvar la historia misma de Queequeg y la tripulación del Pequod. Aferrado a esas maderas, flotó Ismael en un mar que no devuelve a sus muertos, se arrastró a tierra y contó.

Porque pretende salvar las historias, este bajel se llama Queequeg.

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