martes, 13 de octubre de 2009

La araña


Durante varios decenios, Bengt Oldenburg soñó con una araña y una puerta entornada, convencido de que se trataba de su madre. Un día le dije que, por lo mucho que lo atormentaba y el pavor que le producía, no debía de ser su madre sino Dios.

Desde entonces lo llamamos La Araña.

Es difícil dar cuenta de las heridas que uno recibe en el sueño, pero a veces hacen simulacro de revelación. Tzimtzum mediante, si Dios fuese una araña, en el vacío creado para que exista la Creación, emanaría luego desde sus hileras los hilos de una tela intrincada, toda una estrategia de captura. En sus telas, las arañas apresan insectos. En la suya, Dios atrapa el mundo sensible, que le es ajeno. Moscas en la tela de la araña; sufrimientos en la tela de Dios.

Cuando las arañas han tejido en exceso y la caza sutil no ha estado a la altura de lo esperado, quedan tan debilitadas que se pasan un día entero fagocitando la seda que hilaron. Así, Dios nos regala sus diminutos, instantáneos y permanentes apocalipsis. Divinas devoraciones cotidianas a las que algunos dan por nombre el oxímoron de "leyes naturales".

Una severa educación luterana, en el caso de Bengt, y el Rosario del viernes en casa de la abuela materna --reclinatorio para ella; cojines para las hijas y las nueras, duro mosaico para las rodillas infantiles-- en el mío, hicieron que aceptáramos desde niños y sin protestas nuestra condición de babas celestes en la todopoderosa estrategia de captura y alimentación. También es cierto que fuimos y somos conscientes de nuestra fragilidad, siempre suspicaces de cualquier propuesta ontológica que no acepte nuestra naturaleza quebradiza. Por eso, tal vez, nos dedicamos con ahínco a pensar, sobre todo, en el mundo de los hombres y sus relaciones, y así nos volvimos delicadamente cínicos.

Qui bono fue nuestra manera de entender lo oscuro y, cuando ni aun así se entiende, nos miramos, alzamos el índice al cielo y volvemos los ojos a lo alto antes de decir: "Entonces, si no tiene sentido, es para La Araña".

Todo esto para contar que hace pocos días me topé con una cosa llamada LibraryThing, en la cual me anoté bajo el pseudónimo de Serventesio --que no logro anular-- para probar sus dinámicas y ver si entendía por qué 850.000 humanos alrededor del mundo se dedican on-line a catalogar sus bibliotecas, reales o imaginarias. Esta actividad de etiquetado o tagging es una característica esencial de la web 2.0, esa tela de araña con la cual estamos creando una inteligencia exoencefálica, para lo cual también será necesario que, como Dios en el tzimtzum, nos retiremos a alguna otra parte.

Primero fue la wikipedia y, en la euforia de que lo hacíamos entre todos, hace unos años y todavía en la calle Princesa de Barcelona, me apunté como editora de las páginas creadas en español. Por cierto, me había pasado media vida adecentando textos para que pudieran ir a las prensas, y aquello no era más que una extensión de mi actividad más acuciante y absorbente, de mis obsesiones transformadas en profesión. El día que me apunté en la wikipedia me sentí virtuosa, pero no descendí en mi autoestima cuando me olvidé del asunto. Nunca etiqueté nada, tal vez por pereza.

Por entonces o poco después, amazon se lanzaba a la actividad favorita de la grandes corporaciones en la edad de la globalización: convertir a los clientes en empleados fuera de plantilla que, además de pagar por los productos que consumen, trabajan gratis para quien se los vende. El juego, porque como un juego se planteó, consistía en poner tags o etiquetas a los libros que uno leía y se vendían en la librería on-line. Un ejército de voluntarios, ante el halago de que ellos podían hacer lo que no hacían las robóticas spider del vendedor de libros más famoso del mundo, comenzó a clasificar o, simplemente, a adjetivar los libros de otros en una gigantesca operación de recensiones sin solución de continuidad. El marketing, decían los optimistas de la prensa, seguía siendo una actividad humana. La verdad era que las arañitas robóticas necesarias para la existencia de esta web que se quiere semántica pueden decir cuántas veces aparece la palabra "caca" a lo largo de un documento de 100 mil palabras, pero son incapaces de distiguir si el documento en cuestión es una novela o un tratado de puericultura.

Provocaba cierto mosqueo, aparte de la incomodidad de enfrentarse a una miríada de opiniones de desconocidos cada vez que se quería comprar un libro, pero la cosa no pasaba a mayores: al fin y al cabo, hacía ya decenas de años que uno compraba muebles en Ikea, se los llevaba a casa a pulso y pasaba ratos inolvidables tratando, en vano, de armarlos según las instrucciones. Más de lo mismo y aplicado a un producto, el libro, sobre el cual no había que sentarse ni correr el peligro de que se viniera abajo con alguien encima. Nada demasiado nuevo, salvo que estábamos hablando de la web y de arañas. Arañas en una operación de captura de algo que les es ajeno.

Moscas en la tela de araña, sufrimiento en la tela de Dios y etiquetas en la web 2.0. Ni las arañas producen moscas, ni Dios es capaz de la experiencia sensible, ni la web semántica genera sentido, aunque el simulacro se le da bien.

Y entonces me topo con LibraryThing, que nació el 29 de agosto de 2005, y me confirma en mis peores pesadillas. Porque los tags que colocan los más de 850.000 humanos que forman parte de esta red social son absolutamente inútiles para cualquier otro humano: por ejemplo, no sirven si lo que queremos es encontrar la ubicación de un libro. Y para colmo, Tim Spalding, su fundador, no confiesa ningún afán de lucro y, por tanto, no necesita una burda operación de marketing, como Jeff Bezos. Es aun más inquietante: nadie nunca ha oído hablar de dinero alrededor de esta empresa de proporciones globales.

Es para La Araña, diríamos a coro Bengt y yo. No, no es para La Araña. No esa araña. Y uno se siente un poco humillado, porque después de milenios de práctica en proveer a Dios del sufrimiento que de otra manera desconocería, habíamos llegado a sentir el papel como una segunda naturaleza. Si hasta nos permitimos discutir con él por boca de Job y produjimos un monólogo dramático que todavía nos conmueve, y aunque a veces nos sintiéramos como su ganado, finalmente éramos el ganado de Dios.

Pero esto de proveer de sentido a esta entidad exógena, esto de dejarla pastar en nuestras etiquetas, esto de convertirnos en esclavos de una nueva tela de araña en lugar de ser su hilado, industriosos productores de un invento que por acumulación extravagante lo anulará todo, esto de ser el ganado de la palabra en el reino del algoritmo es, definitivamente, una purga rabiosa y definitiva de humildad.

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