jueves, 26 de marzo de 2009

Entomológicas VIII (Un obituario)


El 15 de noviembre de 2003, moría Isaac Argentino Vainikoff, dueño y fundador del cine Cosmos. Ese mismo día, según cuentan las crónicas del edificio, Mme. Vainikoff abrió las ventanas del estudio de su marido a un revuelo de palomas de la zona de Congreso; el barrio de san Nicolás y el del Carmen incluidos. El estudio de don Isaac estaba ubicado exactamente en el mismo cuarto desde donde yo escribo ahora, pero cuatro pisos más abajo. Dicen que es excéntrica; yo creo, en cambio, que buscaba paz. Pablo Picasso confundió a más de uno.

La primera persona del edificio con quien me encontré a las puertas del ascensor fue Mme. Vainikoff. Todavía no nos habíamos alojado aquí: estaban los pintores y nada sabíamos de por qué se habían marchado los antiguos ocupantes. Que disculpara las molestias, le dije, que dentro de unos días seríamos sus nuevos vecinos del séptimo.

Mme. Vainikoff es una señora de rostro dulce, aunque no diría que sereno. Sus modales, de clase media cultivada, son impecablemente de clase media cultivada. Es más joven de lo que parece, pero el flequillo entecano y ensortijado que le cubre la frente puede engañar. No tiene arrugas. En realidad, su piel es de esas pieles privilegiadas que absorben la humedad ambiente, de manera que la arruga nunca se produce y, en estos casos, sólo el descolgamiento de los músculos del hueso --memorioso anfitrión-- puede indicar la edad, con gran posibilidad de errores. Para que todos me entiendan: hay una calidad lunar en el rostro magro de madame.

Mme. Vainikoff es mucho más joven de lo que aparenta.

Que no me preocupara, dijo, que los ruidos en los edificios se producen cuando hay mejoras. Que ella lo entendía.

Llevaba ropa holgada y un carrito de la compra de esos fabricados con lona impermeable, donde uno no puede ver lo que hay dentro.

Me pareció encantadora y me lo sigue pareciendo. Es, en toda la ciudad, la persona que mejor reacciona a los modales ancien régim de Bengt Oldenburg, y eso la pone en una categoría aparte.

Mme. Vainikoff me dijo su nombre, Tita. Y me confesó su radical nombre de pila: Justa. Me preguntó si yo también subía y, ante mi explicación de que esperaba a alguien, cerró las puertas del ascensor poco fiable. No volví a verla, salvo en ocasiones fugaces, cuando Bengt le da preeminencia en el ascensor y ella lo agradece discretamente.

En el carrito de la compra de tela impermeable opaca, Mme. Vainikoff transporta maíz. Otras veces, cuando ha superado su presupuesto en palomas, migas. Las migas se las dan, según el testimonio tardío de Alfil, en una parrilla venida a menos que supo tener renombre. A dos cuadras de la casa. Las bolsas de maíz, en cambio, se las traen a domicilio desde el mercado municipal de la calle Córdoba. Nos contaron los vecinos, y el envenedador oficial de cucarachas lo confirmó en su visita mensual, que se las dejan en el rellano de su piso, al lado de la puerta.

Mme. Vainikoff, tal vez previendo la indignación de los vecinos más cercanos, tiene varios comedores de palomas fuera del edificio. El que funcionaba frente a la farmacia tuvo que cerrarlo, pero el farmacéutico no me contó cómo lo lograron. Llegamos al tema Vainikoff una mañana que me presenté con los cadáveres de dos insectos diminutos, a los cuales les había pasado la plancha a temperatura para lino mientras alisaba una camisa de Bengt recién descolgada de las sogas que hay en el lavadero. Esto fue hace ya mucho tiempo. A comienzos de febrero. Le pedí que me dijera si sabía qué eran y, aunque usó una lupa, me recomendó ir a una veterinaria. El farmacéutico tiene una de esas sonrisitas sobradoras y al mismo tiempo retraídas que abundan tanto en la ciudad. Me dedicó una como quien perdona la vida y me recomendó comprar Raid color violeta. Él no lo tenía, pero lo encontraría en cualquier supermercado. Lo que sí quiso venderme fue un repelente de insectos.

En el tubo de Raid color violeta se lee, en letras grandes, "pulgas y garrapatas". Aunque afirma que mata y previene, no surte mucho efecto.

El sábado 15 noviembre de 2003, ante un dolor que no podía comprender, Mme. Vainikoff abrió las ventanas del estudio de su marido a un revuelo de palomas. El año 2003 no se había presentado sonriente para los Vainikoff. Don Isaac cumplía 93 y sufría de asma. Su hijo trataba de recobrar el prestigio de la sala después de muchos años de alquilarla a una empresa de bailes populares, que en otros tiempos se llamaron discotecas. Martha Argerich dio su estocada: en septiembre prohibió que se exhibiera en el nuevo Cosmos el documental Conversación noctura, del francés Georges Gachot, sin dar explicaciones a la prensa. El documental se había pasado en varios festivales internacionales, pero nunca se estrenó en el Cosmos. Mme. Vainikoff no lograba la aprobación de sus hijastros.

Ese año 2003 estaba cargado de presagios. Aunque por entonces nadie lo sabía, se terminaba de filmar Tarnation, de Jonathan Caouette, una película extraña en la que el director usa todo el metraje de cortos familiares filmados durante años para componer una historia de vida, la suya, digna de David Lynch. Lo que nadie sabía es que sería última película a exhibirse en el nuevo Cosmos, en enero de este año. El día 30, uno antes de nuestra mudanza al palomar, los diarios daban la noticia del cierre definitivo de la sala.

Según el farmacéutico, tuvieron que cerrar porque no logran vender la sala. Según el farmacéutico, es porque Mme. Vainikoff se niega a firmar la compra-venta. Problemas de las sucesiones indivisas, dijo. Pero todo lo que dice el farmacéutico va acompañado de la sorna de su sonrisa, que le resta credibilidad.

La señora Guglielmino, a quien también conocí en el ascensor, cuenta que vive con las ventanas del cuarto piso cerradas desde hace seis años y que, aun así, cada semana recoge alguna pluma de paloma. Lo hace, dice, con un trozo de papel de cocina o con un pañuelo descartable. Nunca a mano desnuda. La Guglielmino quería a la Vainikoff. Era tan joven cuando llegó al edificio en el 77, dice. Le comenté que teníamos un problema de pulgas y respondió: "Y de piojos también lo tendrán". Usted fumigue, me recomendó, y el 25 de febrero nos vemos en la reunión del consorcio de propietarios.

Frau Flohe y Alfil estaban en Punta del Este.

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