domingo, 15 de marzo de 2009

Entomológicas II (Argas reflexus)


Frau Flohe es copropietaria de doscientos metros cuadrados en el séptimo piso de un palomar con vistas a la colegiata del Salvador. Allí nos alojamos ahora, aunque no habría sido necesario. Antes de esto vivíamos en una casa, por cierto que sin vistas.
Nos enteramos de que habíamos entrado en un palomar el 3 de febrero de este año, esto es, 72 horas después de la mudanza, aunque el día anterior, lunes, Karina mi asistente, se había quejado de que su ropa --que había colgado en el bañito del cuarto de servicio-- estaba infestada de puntos diminutos de los que sospechaba, porque habían saltado y desaparecido, tenían vida. No le dimos importancia.
La mañana del 3 de febrero habíamos avistado una docena larga de palomas en el coronamiento de tejas que marca la división con el octavo. A las diez, tocó el timbre el envenenador oficial de la finca, que sólo se ocupa, y con éxito, de las cucarachas. Las palomas se arrojaban en picado y otras las suplantaban sobre las tejas. Algunas, en su viaje de regreso, hacían escala en los alféizares de la cocina, el lavadero y el cuarto de servicio. El hombre, tan melancólico como el protagonista de Almuerzo desnudo, puso cara de pena y dijo que este asunto no tenía remedio mientras Mme. Vainikof siguiera alimentándolas en el tercer piso. Y se marchó con la cabeza gacha. Siempre va con la cabeza gacha.
Bengt Oldenburg y yo nos miramos y los dos dijimos al mismo tiempo: ¡el rifle de aire comprimido de Fataliste! A la gente, sostengo, siempre se le escapa la verdad por las hendijas de la conciencia.

La primera vez que fui huésped de garrapatas blandas ocurrió en aquellas vacaciones en el archipiélago de Estocolmo, cuando Susana y José Antonio ya se habían vuelto a Barcelona con sus niños. Habíamos leído y releído las novelas de Lew Griffin en los jardines, mientras Bruno y Lucas jugaban en la hierba calzados con botas de goma hasta las rodillas para protegerse de las garrapatas de los cérvidos, que pueden transmitir un tipo de encefalitis que provoca demencia. No estaban vacunados, como sí lo están todos los suecos que vacacionan por allí. El finlandés rústico y cálido, que había trepado a un tronco para instalarnos una conexión de adsl por un mes, nos recomendó revisarlos por las noches "en todos los pliegues del cuerpo que junten humedad". Lew Griffin había obtenido voto positivo y, a la vuelta, contrataríamos las novelas.

Las circunstancias, sin embargo, no fueron sórdidas. Paseábamos con Bengt Oldenburg en busca de frambuesas silvestres, que crecen a la vera de los senderos en los lindes del bosque. La antigua alegría del recolector se desata cuando uno encuentra un arbusto bien cargado de bayas; es una alegría pagana, inocente. Presa de esa ligereza, comencé a juntar frambuesas en el canasto, hasta que sentí un ardor en el dorso de la mano izquierda. Bengt Oldenburg identificó las garrapatas en los tres puntos diminutos rodeados de una leve rojez y no me dejó tocarlos ni rascarlos. Volvimos a toda prisa a la casa y esperé a Bengt en el jardín, sentada en una tumbona. Me encantaba la situación de emergencia en aquellas soledades. Salió con una botella de Absolut en una mano y un trozo de algodón en la otra. Como un relámpago, me asaltaron las imágenes de esos cowboys a quienes les dan un trago de aguardiente antes de sacarles la bala del hombro. Pero el Absolut no era para mí. Empapó el algodón en la mejor vodka del mundo y presionó con insistencia. Tiene que pasar un rato así, dijo. Y agregó: la vodka las intoxica y sueltan las patas. A los quince minutos, aflojó la presión, retiró el algodón todavía empapado y allí estaban las tres garrapatas, prendidas al emplasto. Mi mano, libre.
El sol encendió los pinos y nos tomamos una copa para festejar.

Pero la Argas reflexus es insensible a las marcas. La noche que descubrí las cuatro que se habían introducido bajo la piel en el pliegue del brazo, no valió de nada que Bengt sacara de la heladera una botella de Absolut perfumada al pomelo. Tuvimos que ir al hospital.
Sin embargo había un antecedente. Media hora antes de que llegaran Frau Flohe y Fataliste con el contrato que debíamos firmar, mientras guardaba la funda de un traje en el armario del cuarto que mira al Este, dos puntos negros se incrustaron en el primer nudillo del dedo medio de mi mano izquierda. Tuve éxito al arrancarlos, tal vez por desesperación.
Frau Flohe y Alfil tocaron el timbre a las siete y media. Faltaban dos horas para que se cumpliera nuestra primera semana en el palomar.

(continuará...)

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