viernes, 2 de abril de 2010

La vaca


--Sí --dijo Dédalo--. Sé que Minos se marchó a Knossos y enseguida sospeché que ese mensaje urgente que lo llamaba era falso. También he visto al gran toro blanco que pace a orillas del mar. Pero, igualmente no te entiendo, mi reina.

--Solo te pido ayuda --respondió Pasifae--. Dominas todo arte y oficio; nada te costará hacerme un disfraz de vaca. No necesito tu comprensión.

--Siempre te obedecí --admitió Dédalo--. También lo haré ahora, aunque me estremece pensarte en tu disfraz, esperando a que ese toro se te acerque. Y tu delicada belleza no es la única razón. ¿Cómo piensas atraerlo?

Pasifae miró al anciano, lo miró como nunca lo había mirado antes. Entonces, levantó su hermoso rostro y mugió con un mugido tan salvaje y desolado que las cigarras abandonaron su cantar incesante.

Dédalo se inclinó ante su ama y se marchó, deprisa, a su taller.

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